La Presencia Viva de Cristo y la Purificación en Hebreos
La Presencia Viva de Cristo y la Purificación en Hebreos
En los Evangelios, el toque de Jesús (o de quienes lo tocan con fe) trae inmediata purificación y sanidad:
- El leproso (Marcos 1:40-42): “Si quieres, puedes limpiarme.” Y Jesús, tocándolo, responde: “Quiero; sé limpio.”
- La mujer con flujo de sangre (Marcos 5:25-34): Con solo tocar el manto de Jesús, la mujer es sanada.
- El hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:11-15): Jesús toca el féretro y el joven vuelve a la vida.
En estas escenas, no se ve un “rito” de sangre aplicado por terceros. Más bien, la poderosa y pura presencia de Cristo es la que sana y purifica en el acto. Ese poder fluye de Su identidad: quién es Él, su “vida” que expulsa la enfermedad y la muerte.
2. En Hebreos: “el poder de su vida indestructible” (Heb 7:16)
Al presentar a Cristo como Sumo Sacerdote, Hebreos insiste en que dicho sacerdocio se basa en “el poder de una vida indestructible.” Esto significa que la esencia de su sacerdocio no depende de un linaje humano (tribu de Leví) ni de un proceso ritual externo, sino de Su ser:
- Venció la muerte, y por eso vive para siempre.
- No se necesita un nuevo sacrificio cada vez (Heb 7:27); su sacerdocio es eterno e intransferible (Heb 7:24).
- Es Su presencia personal, el hecho de que “vive para siempre,” lo que mantiene de continuo la purificación y la reconciliación de los creyentes con Dios (Heb 7:25).
3. Cristo “se presentó” en el cielo: Su sola presencia purifica
Cuando Hebreos describe la “entrada” de Cristo al santuario celestial, recalca que “entró” (Heb 9:12) y ahora “aparece” ante el rostro de Dios “por nosotros” (Heb 9:24). Allí, el autor mezcla la tipología del sacrificio (con la mención de la sangre) con la realidad del Cristo vivo y exaltado. Sin embargo, no detalla un rito adicional de “aplicar” la sangre, sino que destaca:
- Cristo está en la presencia divina.
- Su misma presencia purifica el lugar celestial y la conciencia de los fieles (Heb 9:23-24; 10:22).
Tal como en los evangelios, el aspecto central es que Él —el Hijo de Dios glorificado, vivo, santo— “rodea” o “cubre” a quienes se le acercan con su propia santidad y poder. Es Su “vida indestructible,” no la repetición de un rito, lo que sostiene esa comunión permanente.
4. El sacrificio es “quién Él es y qué hizo,” no un rito desconectado de Su Persona
La sangre (símbolo de la vida) y el sacrificio no son “objetos” separados de Jesús: Su muerte en la cruz inaugura el nuevo pacto, pero no consuma la purificación allí mismo. El orden que presenta Hebreos es muerte, resurrección, ascensión (donde ya ejerce como Sumo Sacerdote), purificación y entronización. De este modo, cuando Hebreos menciona la “sangre” en relación con la entrada de Cristo en los cielos, el énfasis recae en la presencia viva de Cristo en la esfera celestial, donde —ya habiendo vencido la muerte, el pecado y a Satanás— Él lleva a cabo la purificación. Por eso, Hebreos 1:3 señala que “habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad,” subrayando que es Su ministerio sacerdotal y Su entronización en los cielos lo que consuma dicha purificación, no la muerte como acto aislado.
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